La Traslación de la Santa Casa de Loreto. Santos: Eulalia de Mérida, Julia, vírgenes; Melquiades (Melciades), (…)

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La Traslación de la Santa Casa de Loreto.

Santos:

Eulalia de Mérida, Julia, vírgenes; Melquiades (Melciades), Gregorio III, papa; Carpóforo, presbítero y mártir; Abundio, diácono y mártir; Menas, Hermógenes, Eugrafo, Mercurio, Gemelo, mártires; Sindulfo, Diosdado, obispos.

LECTURAS DE LA SANTA MISA DEL DÍA

  

La Traslación de la Santa Casa de Loreto.

Según la tradición, la Santa Casa de Loreto es la misma Casa de Nazaret en la que se dio el Anuncio del Ángel, fue concebido Jesucristo y donde el Señor vivió con José y la Virgen. Aquí la historia de cómo milagrosamente “voló” esta Casa desde la Tierra de Jesús hasta Loreto, Italia, y cuya fiesta se celebra cada 10 de diciembre.

La Santa Casa en Nazaret tenía dos partes, una pequeña gruta y una estructura de ladrillos que se extendía desde la entrada de la gruta.

En 1291 los Sarracenos conquistaron Tierra Santa y quisieron destruir todos los lugares sagrados del cristianismo. Cuando llegaron a las proximidades de Nazaret, los enemigos se decían: “nunca más los cristianos celebrarán aquí la Anunciación”.

Una basílica construida sobre la Casa había sido destruida en dos ocasiones (1090 y 1263), pero la Casa quedaba intacta. Sin embargo, los cruzados no pudieron volver a reconstruirla y el hogar de María quedó sin protección.

Según la tradición del traslado, cuando los cruzados perdían el control en Tierra Santa, el Señor envió a sus ángeles con la consigna de que movieran la Casa a un lugar seguro.

El 12 de mayo de 1291 así lo hicieron y los ángeles la trasladaron a un poblado llamado Tersatto, en Croacia. Por la mañana, los vecinos se quedaron asombrados al ver la Casa sin cimientos y sin saber cómo llegó.

Días después la Virgen se le apareció a un sacerdote del lugar y le explicó el lugar de procedencia de la Casa. María le dijo: «debes saber que la casa que recientemente fue traída a tu tierra es la misma casa en la cual yo nací y crecí. Aquí, en la Anunciación del Arcángel Gabriel, yo concebí al Creador de todas las cosas. Aquí, el Verbo se hizo carne”.

“El altar que fue trasladado con la casa fue consagrado por Pedro, el Príncipe de los Apóstoles. Esta casa ha venido de Nazaret a tu tierra por el poder de Dios, para el cual nada es imposible”, añadió.

A modo de prueba veraz de todo lo que la Virgen le comunicó, el presbítero fue sanado. El cura, que había estado enfermo por mucho tiempo, anunció el milagro y comenzaron las peregrinaciones. Los habitantes elevaron sobre la Casa un edificio sencillo para protegerla de la naturaleza.

Después de tres años y cinco meses, un 10 de diciembre de 1294, la Casa desapareció de Tersatto y unos pastores de Loreto, en Italia, dijeron haber visto una casa volando sobre el mar y sostenida por unos ángeles. La tradición señala que un ángel con capa roja, San Miguel, dirigía a los otros y la Virgen con el Niño estaban sentados sobre la Casa.

Los ángeles bajaron el recinto a un lugar llamado Banderuola y posteriormente la llevaron a un cerro, en medio de una finca, para luego ser trasladada a otro cerro. Fue puesta en medio del camino y ha ocupado ese sitio por más de 700 años.

Dos años después, la Virgen se le presentó a Pablo, un ermitaño, a quien le contó el origen y la historia de la Santa Casa. Él lo compartió a las personas del pueblo y se iniciaron gestiones para verificar la autenticidad.

Los expertos fueron a Tersatto y vieron que la réplica que habían hecho los aldeanos medía exactamente lo mismo que la de Loreto y que muchos elementos coincidían. En Nazaret constataron que las medidas de la fundación eran exactas a las de la Casa en Loreto y la maqueta construida en Tersatto.

Después de 6 meses regresaron a Loreto y se declaró la autenticidad de la Santa Casa, que no tiene cimientos porque estos se quedaron en Nazaret.

Con el tiempo, muchos peregrinos se acercaban al santuario y el Papa Clemente VII mandó a cerrar la puerta original y que se construyeran tres puertas para que la gente no se pelee por haber una sola puerta de entrada y salida.

El clérigo pudo completar su trabajo y las personas de Loreto quisieron proteger la Casa poniéndole una pared de ladrillo. Cuando terminaron, la pared se separó de la Casa y por eso hay un espacio entre la Santa Casa y la pared construida.

En otra ocasión, un Obispo de Portugal, con el permiso del Papa, mandó a su secretario a sacar una piedra y llevarla para construir una Iglesia en honor a la Virgen de Loreto. El Obispo enfermó y cuando llegó el secretario, el Obispo estaba casi muerto.

El Obispo pidió a unas hermanas religiosas que rezaran por él y días después recibió un mensaje: “nuestra Señora dice, si el Obispo desea recuperarse, debe devolver a la Virgen lo que él se ha llevado». El Obispo y el secretario se quedaron desconcertados porque nadie sabía lo de la piedra. El secretario devolvió el objeto y el Obispo se recuperó.

Por esta razón, los Papas han prohibido que se extraiga alguna parte de la Santa Casa.

Grandes santos han pasado por esta Casa como San Francisco de Sales, Santa Teresa de Lisieux, San Maximiliano Kolbe, San Juan XXIII y San Juan Pablo II.

La tradición que cuenta la traslación hecha por los ángeles no sería la única explicación de la Santa Casa en Loreto, sino que también hay documentos que indicarían que el responsable sería un comerciante llamado Nicéforo Angelo del S. XIII.  En todo caso, el traslado sin duda tuvo la protección y guía del cielo.

LECTURAS DE LA SANTA MISA DEL DÍA

 

Eulalia de Mérida, virgen y mártir (c. a. 300)

El espléndido testimonio de fe de esta jovencísima mártir de los tiempos de Diocleciano en la capital de la provincia Lusitania conmovió a los cristianos de Mérida y de toda la cristiandad, les estimuló a la fidelidad a la fe en los malos tiempos y sirvió como punto de referencia obligado para ser coherentes en los compromisos de vida cristiana. Cantó con ampulosidad los hechos el poeta hispano Aurelio Prudencio y los emeritenses levantaron una hermosa y rica basílica en su honor que sabía a gloria a los muchos peregrinos que se acercaban allí para remozar sus compromisos con Cristo. ¡Qué pena no se conserven hoy en la capital autonómica extremeña los restos arqueológicos de estos mármoles como presentes están otros testigos de la cultura romana!

El furor anticristiano y el excesivo celo por cumplir los edictos del emperador han ido corriendo por la península desde los comienzos del siglo III; la han barrido de norte a sur dejando una estela de héroes cristianos. A la cosmopolita Mérida de aquel momento, colonia entonces de Roma, Emerita Augusta, fundada por Augusto un cuarto de siglo antes del nacimiento de Cristo para albergar a los jubilados de las guerras contra los cántabros, también llegó el furor de Diocleciano. La posiblemente primera de las ciudades hispanorromanas debió de conocer pronto el Evangelio que echó raíces fuertes y generosas; así debía ser por estar los cristianos en conflicto permanente con el ambiente sumamente pagano del entorno.

Doce años tiene Eulalia. Es cristiana cabal, enamorada de Jesucristo; le tiene consagrada su virginidad. Pronto tomaron sus padres la decisión de sacarla al campo ante las noticias de las pesquisas por las casas de los cristianos que solían terminar con sangre.

Lo que no tuvieron presente sus padres fue la energía que había dentro de la joven-niña ni la calidad de su amor a Jesús; quizá pensaron que aquellas frecuentes manifestaciones a las que estaban habituados en su casa eran solo efluvios emotivos de la adolescente. Hizo plan de fugarse de casa por la noche en compañía de la criada Julia, para presentar cara a la palpable injusticia del emperador. El tribunal del prefecto Calpornio la oyó decir que el Dios verdadero es el único que merece culto y honor, que los ídolos son hechura de las manos de los hombres, que es una necedad llamar dios al emperador, que recibirían castigo quienes lo hacían y que ella era cristiana con la confianza puesta en Jesús. Afirmó desafiante que el Dios verdadero la libraría de los peligros y que estaba dispuesta a morir por Él. Primero fueron azotes con heridas y sangre; luego el fuego de antorchas sobre las heridas; le cortaron los pechos y la quemaron en la hoguera. Los que contemplaron asombrados los hechos y su propio verdugo vieron salir una blanca paloma de su boca cuando murió. El cielo honró su inmolación con una copiosa nevada que la vistió de blanco cubriendo su cuerpo.

Así ha quedado para la posteridad su vida, pasión y muerte. Ciertamente que hay todos los fundamentos para pensar que la leyenda ha adornado con lo mejor de la fantasía su martirio, poniendo énfasis en sus palabras, en sus gestos y en la crueldad de los verdugos. Pero tras los ingredientes de los detalles que constituyen el relato literario queda como fondo la gesta –no sería menos heroica ni menos verdadera de haber sido narrada en lenguaje seco y escueto– de Eulalia, audaz, fuerte, virgen y mártir por el ideal de su Cristo.

Además del Peristéphanon del poeta local, traspasa su culto las fronteras para adquirir tono universal; llevaron sus reliquias a Austria, es cantada entre las vírgenes de San Apolinar Nuevo de Rávena, Agustín le hace panegíricos en África, Beda la recuerda en las islas y el balbuceante francés de la lengua de oïl la plasma en uno de sus más hermosos poemas. Si el nombre de Eulalia significa la bien hablada, bien habló ella y de ella bien hablaron en todas partes del mundo.

Bien vendrán para la Iglesia del tercer milenio muchas fotocopias fieles, dispersas por la geografía hispana, de este original rico en audacia, colmado de decisión, pleno de consciente entrega y amor a Jesucristo, esplendente en la valoración la virginidad de cuerpo y alma. La perdida basílica antigua hecha de ricos mármoles se reproduciría, sublimada, en muchísimos templos.

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