Consideración del Séptimo dolor y gozo de San José

Dolor 7 de San josé

Consideración del Séptimo dolor y gozo de San José

Autor: Antonio yagüe Ballester

Descripción del Evangelio
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Séptimo dolor:
Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca Lc 2, 44-45
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Séptimo gozo:
Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas Lc 2,46
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Dolor 7 de San josé

Consideración

            Cualquier padre o madre que se vean en la situación de perder un hijo pequeño en medio de una muchedumbre sienten un agudo dolor que les hace humanamente estar interiormente trastornados. Las preguntas se suceden sin respuesta. La angustia va y viene en oleadas, mientras hacen todo lo posible para encontrarlo. José y María también acudieron a todo lo imaginable para encontrar a Jesús. En medio de la búsqueda tendrían momentos de llanto y desconsuelo. Tres días en esa circunstancia es mucho tiempo. José, como el jefe de familia, lo llevaría con entereza y sentido práctico para no aumentar el dolor de María. Ella, según los místicos, no le hace ningún reproche como muestra de respeto a su autoridad familiar. Algo poco común de aceptar en los matrimonios de hoy. Dos noches sin dormir y sin saber qué más hacer. Un tiempo símbolo de otro futuro en el que Jesús también desapareció de sus ojos, tras la piedra que tapó el sepulcro.

Desde el primer momento, José y María recurrieron a Dios y reconocieron detrás de la situación la permisión divina. En su vida, ya habían dado abundantes muestras de aceptar en momentos difíciles la Voluntad divina. A la vez que el agobio del momento, sin duda sentirían también la seguridad de que aquella contrariedad tendría pronto desenlace favorable. Y continuaban los pensamientos, según los místicos, sobre dónde buscar: ¿habrá ido a ver a Juan al desierto? ¿O a la gruta de Belén en que nació para orar?

Finalmente acceden al templo. No era lógico que un niño extraviado estuviera allí. Los sacerdotes habrían puesto avisos en la ciudad para encontrar a sus padres. Finalmente oyen la voz de Jesús en medio de una muchedumbre que escucha la controversia de los doctores. El tema lo narran los místicos: ¿Estaba ya el Mesías entre ellos? Partidarios y detractores esgrimen sus argumentos. Para unos no es posible porque Israel es esclavo del yugo del imperio romano. Para otros ya se han cumplido los tiempos. Cada uno ve sólo una parte de las profecías. La enseñanza de Jesús Niño concilia ambas perspectivas, recordándoles que hay dos Venidas del Mesías, cada una con una función diferente. Algunos aceptan la enseñanza con tono engreído. Otros, humildemente, le piden más luces para profundizar en ellas. Nada distinto de lo que hoy en día vemos entre los actuales expertos, cuando se habla de la segunda Venida.

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? (Lc 2,49) Aquel pueblo no estaba preparado para recibir la predicación del Mesías unos pocos años más tarde. El Padre tenía que comenzar a despertar aquellas mentes obtusas a pesar de las profecías y los signos, llenas de prejuicios terrenales, para que en su momento fructificara la palabra del Redentor. Dios, enviando a su Hijo a explicar las profecías a los doctores, hace todo lo posible para que su pueblo no muera por falta de conocimiento (Ose 4,6) Además, aquella manifestación en el templo ocurría en las 69 semanas de años profetizadas por Daniel, contadas a partir del decreto de Artajerjes (año 457 antes de Cristo) para la vuelta de los judíos de Babilonia, años medidos según la longitud del año lunar (354 días). Estaban pues en pleno cumplimiento de los anuncios temporales profetizados y sin embargo su ceguera, les impedía entenderlo.

Gozo 7 de San José

Figura escatológica

            Hoy como entonces, las señales de los tiempos de la nueva Venida de Jesús se están cumpliendo sin que los doctores las acepten. Jerusalén será pisoteada por gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles (Lc 21, 24). Primero tiene que llegar la apostasía (2 Tes 2,3). En los últimos días (…) los hombres serán egoístas, codiciosos, arrogantes, soberbios, blasfemos, desobedientes de los padres, ingratos, impíos, crueles, implacables, calumniadores, desenfrenados, inhumanos, enemigos del bien, traidores, temerarios, envanecidos, más amantes del placer que de Dios, guardarán ciertos formalismos de la piedad pero habrán renegado de su verdadera esencia (2 Tim 3, 1-5). Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos verán en sueños, y vuestros jóvenes tendrán visiones (Joe 3, 1-2). Las mismas plagas que en los días de Sodoma se han extendido y sabemos que así sucederá en los días en que se manifieste el Hijo del Hombre (Lc 17,29). La Iglesia, Esposa del Cordero, sufre una verdadera Pasión mística, previa a otro anuncio del Señor: la abominación de la desolación profetizada por Daniel (Mt 24,15). La incomprensión generalizada de estas señales cumplen la profecía para el tiempo del fin: ningún impío comprenderá nada, sólo los sabios comprenderán (Dan 12, 10).

           El primer domingo de Ramos, Jesús al acercarse a la ciudad lloró por ella, diciendo: ¡si conocieras en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos (…) te arrasarán con tus hijos dentro y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita (Lc 19 41-44). El motivo que Jesús atribuye para la próxima destrucción de Jerusalén, ocurrida en el año 70, fue no reconocer los tiempos proféticos de la primera Venida. San Pedro insiste en que obrasteis por ignorancia lo mismo que vuestros jefes(Hch 3,17) y así los habitantes de Jerusalén y sus jefes cumplieron, sin saberlo, las Escrituras de los profetas que se leen cada sábado (Hch 8,27). También ahora cada domingo las lecturas de la Misa traen profecías que rara vez se comentan o son atribuidas a nuestros tiempos. La situación del pasado se repite para reconocer el tiempo de su nueva visita, aunque sea un Dogma que recitamos en el Credo.

           En tres ocasiones el estudio de las profecías sirvió en vida de los que se interesaron por ellas. La primera, cuenta el profeta Daniel que en el año primero de Darío (…) indagué en los libros acerca del número de años que estableció la palabra del Señor dirigida al profeta Jeremías para que se cumpliera la ruina de Jerusalén: eran 70 años (Dan 9, 1-2) Este dato nos lleva al año 539 antes de Cristo, dos años antes del decreto de Ciro el Grande que permitió la vuelta de los judíos exiliados en Babilonia a Jerusalén, la reconstrucción del templo y la provisión de materiales para esa tarea (Esd 1, 2-4). La Sagrada Escritura no dice si Daniel, ya casi centenario, volvió con esta expedición, al mando de Zorobabel, pero en otro caso es seguro que Dios le consoló al verla partir, hacia el final de su vida. El Arcángel Gabriel le llamó hombre de las predilecciones (Dan 9,23). La Iglesia la celebra su fiesta el 21 de julio, al día siguiente de San Elías.

María Valtorta cuenta en sus visiones dos diálogos de la Virgen que muestran su interés por las profecías. El primero, a los tres años, pregunta a Santa Ana: ¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel? Treinta años aproximadamente, querida mía, le responde su madre. Y la niña contesta: ¡Cuánto todavía! Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo? Años más tarde, ya doncella en el templo, María dice a su tutora Ana de Fanuel: al leer a Daniel, se me ha encendido una gran luz en el centro del corazón y mi mente ha comprendido el sentido de las palabras arcanas. Por las plegarias de los justos se acortarán las setenta semanas. ¿Cambiará el número de los años? No. La Profecía no miente. No es el curso del sol sino el de la luna el que marca la medida del tiempo profético. Muy probablemente menos de dos años después de esta conversación, María era ya la Madre del Mesías Emmanuel.

Por último, en aquellos mismos años, tres sabios en Oriente anhelaban el cumplimiento de un mensaje profético que Dios puso en las estrellas, sobre la llegada del Rey de los judíos (Mt 2,2). Habían comprendido por su estudio que sería Dios y hombre al mismo tiempo. Sus observaciones minuciosas y abnegadas llevaban una gran carga de sabiduría y amor, con las que un día entendieron que el Niño que esperaban había nacido: fue una señal que sólo ellos comprendieron. Y se pusieron en marcha para recibir su bendición y con ello dar una lección a los racionalistas de los tiempos de su nueva Venida, también anunciada por señales en las estrellas (Lc 19, 25)

Títulos que honran a San José: Padre de Dios y Padre Nuestro.

          San José pertenece al orden hipostático, subordinado a la gracia de María, como Ella lo está a la de Jesús. Debido a esto, todas las prerrogativas de María son susceptibles de aplicarse a San José con la debida proporcionalidad. Estas privilegios se resumen en cuatro dogmas marianos ya definidos (Madre de Dios, Virgen Perpetua, Inmaculada Concepción y Asunta al Cielo en cuerpo y alma) y un quinto (Corredentora, Medianera de todas las gracias y Abogada) solicitado por nuestra Madre en las apariciones, aprobadas por la Iglesia, de Nuestra Señora de todos los Pueblos (Amsterdam 1946-1959), y por millones de fieles a través de distintos movimientos en los últimos años.

         Análogamente, con analogía de proporcionalidad, estas cinco prerrogativas se pueden atribuir a San José. Esta analogía, no la entendió Lutero ni la entienden hoy sus seguidores, es aquella por la que una mujer dice a su esposo “te adoro” y nadie piensa por ello que su marido sea Dios.

        Así hemos visto en anteriores consideraciones cómo la paternidad de San José es virginal y su “fiat” necesario para la constitución de la misión divina de Jesús como Mesías Ungido, por la que se encarnó para redimirnos del pecado. Asimismo el hecho de pertenecer a la esfera del orden hipostático hace pensar, por las mismas razones que su Esposa, que fue liberado de todo pecado, incluido el original, desde el primer momento de su ser natural. También hemos considerado razones de conveniencia paralelas por las que San José ya está Asunto al Cielo en cuerpo y alma.

         Por último, al igual que María, San José es Corredentor porque ha creído. Así está inseparablemente unido al Redentor y la Corredentora en todo el proceso de Redención desde los primeros misterios de la vida oculta hasta su consumación en el holocausto del Sacrificio del Calvario que conoció y al que se unió antes de su muerte, ofreciéndola unido a la de su Hijo (…) Su participación en la redención objetiva (…) se proyecta hasta el Sacrificio del Calvario que conoció, y co-padeció indeciblemente durante su vida mortal (J. Ferrer “El Misterio de María y José en el Magisterio del Beato Juan Pablo II” Ed. Arca de la Alianza. Pág. 161)

Por todo ello, glorifiquemos a San José invocándolo con esta oración, paralela al Avemaría, propuesta por el mismo teólogo Joaquín Ferrer:

         Dios te salve José, lleno eres de gracia, el Señor está contigo, bendito tú eres entre todos los hombres, y bendito es el fruto del vientre de tu santísima Esposa la Virgen María, Jesús.

         Santo José, padre de Dios y padre nuestro, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén.

Autor: Antonio yagüe Ballester

Gozo 7 de San José

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