San Benito de Nursia – Patrono de Europa y Patriarca de los monjes occidentales

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San Benito de Nursia, declarado como tal por Pablo VI el 24 de octubre de 1964, con la Carta Apostólica Pacis nuntius

Es el fundador del monacato occidental. Nació en Nursia alrededor del año 480. Murió en Montecasino en 543. La única auténtica vida de Benito de Nursia es la que está contenida en los “Diálogos” de San Gregorio, y es más bien un bosquejo de su carácter que una biografía. Consistente mayoritariamente de eventos milagrosos que, si bien iluminan la vida del Santo, poco ayudan para hacer una descripción cronológica de su vida. Las fuentes de san Gregorio fueron, según lo que él mismo cuenta, algunos discípulos del Santo: Constantino, que lo sucedió como abad de Montecasino, y Honorato, que era abad de Subiaco cuando san Gregorio escribía los “Diálogos”.

Benito fue hijo de un noble romano de Nursia, pequeña población cercana a Espoleto. Hay una tradición, aceptada por san Beda, que afirma que Benito fue gemelo de su hermana Escolástica. Pasó su niñez en Roma, donde vivió con sus padres y asistió a la escuela hasta que llegó a la educación superior. Fue en este punto cuando “habiendo regalado a otros sus libros, y dejando la casa y la riqueza de su padre, deseoso de servir sólo a Dios, se dio a la búsqueda de un sitio donde pudiera lograr ese santo propósito. Fue así que abandonó Roma, instruido por una ignorancia culta y provisto de una sabiduría no aprendida” (“Diálogos”, san Gregorio, II, Introducción, en Migne, P.L. LXVI). No hay concordancia de opiniones acerca de la edad de Benito en ese momento. Generalmente se ha afirmado que fue a los catorce años, pero un examen minucioso de la narración de san Gregorio hace imposible suponer que eso sucedió antes de los 19 ó 20 años. Tenía edad suficiente para haber estado en medio de sus estudios literarios, para entender el significado real y el valor de las vidas disolutas y licenciosas de sus compañeros, y para haber sido él mismo afectado profundamente por el amor de una mujer (Ibid. II, 2). Era perfectamente capaz de sopesar todos esos elementos y compararlos con la vida que se aconsejaba en los Evangelios, y de optar por esta última. Estaba iniciando su vida; tenía a su alcance los medios para hacer una carrera en la nobleza romana. No era ciertamente un chiquillo. San Gregorio afirma: “estaba en el mundo y era libre de disfrutar de las ventajas que el mundo le ofrecía, pero dio un paso atrás del mundo, en donde ya había puesto el pie” (Ibid. Introducción). Si se acepta el año 480 como la fecha de su nacimiento, podremos pensar que el abandono de sus estudios y de su hogar sucedió alrededor del año 500 d.C.

No parece que Benito haya salido de Roma con el objeto de convertirse en eremita, sino simplemente de encontrar un lugar alejado de la vida de la gran ciudad. Basta observar que se llevó con él a su anciana nodriza para que lo sirviera, y se estableció en Enfide, cerca de un templo dedicado a san Pedro, en compañía de “hombres virtuosos” que compartían sus sentimientos y su perspectiva sobre la vida. La tradición de Subiaco identifica Enfide como la actual Affile, que se encuentra en las montañas Simbrucini, alrededor de cuarenta millas de Roma y dos de Subiaco. Está sobre la cima de un risco que se levanta abruptamente desde el valle hacia una cadena de montañas, y que vista desde el valle se asemeja a una fortaleza. Según describe la narrativa de san Gregorio, y lo confirman las ruinas del pueblo antiguo y las inscripciones encontradas en los alrededores, Enfide era un sitio de mayor importancia que la población actual. Fue en Enfide donde Benito operó su primer milagro restaurando a su condición original una criba de trigo hecha de barro que su anciana sierva había roto accidentalmente. El renombre que ese milagro le dio a Benito hizo que éste buscara irse más lejos aún de la vida social y “escapó secretamente de su nodriza y buscó el rincón más apartado de Subiaco”. Había sido transformado el propósito de su vida. Originalmente había escapado de los males de la gran ciudad; ahora estaba determinado a ser pobre y a vivir de su propio trabajo. “Por Dios escogió deliberadamente las durezas de la vida y el cansancio del trabajo” (Ibidem 1).

A una corta distancia de Efide está la entrada de un valle angosto y oscuro que penetra en la montaña y conduce directamente a Subiaco. Al otro lado del río Anio y desviándose a la derecha, el sendero asciende siguiendo la cara izquierda del precipicio y pronto llega al sitio de la villa de Nerón y de la enorme masa formada por el extremo inferior del lago central. En el otro extremo del valle están las ruinas de los baños romanos de los cuales aún subsisten algunos grandes arcos y trozos de los muros. Sobresale de entre veinticinco arcos bajos, cuyos cimientos pueden ser perceptibles aún hoy día, el puente que une la villa y los baños, y bajo el cual fluye en cascada el agua del lago central al lago inferior. Las ruinas de esos amplios edificios y el ancho caudal de la cascada cerraban el paso de Benito al llegar éste de Enfide. Hoy día el valle yace abierto ante nosotros, cerrado solamente por las lejanas montañas. El sendero continúa ascendiendo mientras el lado del precipicio, sobre el que corre, se hace más y más empinado hasta llegar a una cueva sobre la que la montaña se eleva casi perpendicularmente. A su lado derecho desciende rápidamente hasta donde estaban, en tiempos de san Benito, las azules aguas del lago. La boca de la cueva es de forma triangular y tiene unos diez pies de profundidad. De camino desde Efide, Benito encontró a un monje, Romano, cuyo monasterio estaba en la montaña sobre el precipicio donde estaba la cueva. Romano discutió con Benito el propósito del viaje que había llevado este último a Subiaco, y le dio un hábito monacal. Por consejo de Romano, Benito se convirtió en eremita y así vivió por tres años, desconocido de la gente, en esa cueva sobre el lago. San Gregorio dice poco de ese tiempo, pero ya no dice que Benito era un joven (puer) sino un hombre (vir) de Dios. Dos veces nos dice que Romano sirvió al Santo en todo lo que pudo. Parece ser que el monje visitaba frecuentemente a Benito y le llevaba comida en ciertos días. Durante esos años de soledad, rotos sólo por algunos encuentros casuales con el mundo exterior y por las visitas de Romano, maduró en mente y en carácter, en el conocimiento de si mismo y de sus hermanos hombres, y al mismo tiempo no solamente su nombre se fue haciendo famoso sino que conquistó el respeto de quienes vivían a su alrededor. Su nombre era tan respetado que, a la muerte del abad de un monasterio vecino (identificado por algunos como Vicovaro), la comunidad lo buscó para pedirle que aceptara ser el nuevo abad. Benito conocía la vida y la disciplina de ese monasterio y también sabía que “su estilo de vida era distinto al suyo y que nunca podrían estar totalmente de acuerdo, pero, después de un tiempo, vencido por su insistencia, aceptó” (Ibid. 3). La experiencia fracasó. Los monjes intentaron envenenarlo, de modo que Benito volvió a su cueva. A partir de ese tiempo sus milagros se hicieron más frecuentes, y muchas personas, atraídas por su santidad y su carácter, llegaron a Subiaco para ponerse bajo su guía. Benito construyó doce monasterios en el valle para acomodar a esas personas. En cada uno de ellos puso a un superior con doce monjes. El vivía en el treceavo, con “unos cuantos, a los que él consideraba que su presencia sería más útil y podrían ser instruidos mejor” (Ibid., 3). Pero él se convirtió en el abad y el padre de todos. Con el establecimiento de esos monasterios comenzaron las escuelas para niños, y entre éstos, unos de los primeros fueron Mauro y Plácido.

El resto de la vida de Benito fue dedicada a llevar a cabo el ideal de monacato que nos ha dejado plasmado en su Regla.


Fuente: Ford, Hugh. «St. Benedict of Nursia.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 2. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/02467b.htm>.

Traducido por Javier Algara Cossío